El Niño Invisible.
El pasillo del complejo residencial del Consejo siempre estaba demasiado frío para un niño. Las lámparas emitían un blanco silencioso y perfecto, un blanco que no dejaba lugar a sombras ni rincones seguros.
Para Leo, ese pasillo había sido su hogar durante demasiado tiempo.
Tenía ocho años y llevaba un abrigo demasiado grande para su cuerpo delgado, un abrigo que no había escogido él. Sostenía un cuaderno contra el pecho; la carpeta plástica estaba rayada de tanto abrir y cerrar, intentando que