Jack
No dormí.
No después de dejarla en su puerta con esa bata clara, el cabello cayéndole sobre los hombros y los labios todavía sensibles de mis besos. No después de decirle que todavía no y marcharme como si la distancia fuera una virtud y no una forma de tortura.
Entré en mi habitación, cerré la puerta y me quedé quieto en mitad del cuarto, con la certeza limpia de que había hecho lo correcto y el deseo brutal de haber hecho exactamente lo contrario.
Si hubiera entrado, no habría sido para