Giacomo dejó que Adriano lo ayudara a llegar a la silla de ruedas, aunque bien habría podido llegar por su cuenta. Los mareos eran menos frecuentes y sus piernas ya no se sentían como gelatina.
—Con cuidado —dijo Carmine, su voz llena de preocupación.
—Estoy bien, tesoro —respondió Giacomo con una sonrisa tranquila—. Y pronto estaré mejor para volver a cuidar de ti.
—Como debe de ser —intervino Adriano—. Ya has dormido suficiente.
—¡Papá!
Giacomo sonrió. Adriano podía parecer rudo, pero había s