Giacomo sonrió al ver el adorable rostro enfadado de Carmine y estuvo a punto de extender la mano para tocarle la punta de la nariz con el dedo índice.
—Más vale que tengas una buena razón para estar aquí tan temprano —dijo ella, cubriéndose la boca mientras soltaba un bostezo.
Giacomo soltó una carcajada.
—Son las nueve de la mañana. No es precisamente temprano.
—Es domingo —replicó ella, mientras se hacía a un lado para dejarlo pasar a su departamento.
—Creí que eras una adicta al trabajo q