El lobo plateado escuchó los arbustos moverse y agitó la cola con excitación al salir de ellos un hombre alto, totalmente desnudo.
–Mi hermoso, mi precioso alfa– se inclinó ante él en un movimiento de respeto y abrió sus brazos para que este entrara en ellos.
El lobo caminó hacia él y se restregó en su cuerpo mientras era besado en la punta de su morro y el entrecejo.
Ojalá pudiera cambiar tan fácil como antes. Jules lo oía lamentarse. Estaría en sus brazos todos los días.
Si, se amaban, pero