Un grito de dolor se contenía en los labios de Jules mientras numerosas agujas se enterraban en su piel. Las gruesas correas de piel la ataban a la mesa lastimando sus heridas apenas cerradas y a cada intento de convertirse, buscando liberarse, la presión en su cuello lo sofocaba cada vez más.
¿Dónde estaba su compañero? ¿Acaso no le había prometido cuidarlo? ¿Por qué no estaba a su lado? Los momentos eternos en aquella celda, fría y húmeda solo le hacían extrañar el calor de sus brazos cuando