Archer sacó de entre sus ropas una pequeña fiala de cristal negro, sellada con cera roja brillante. Veneno puro.
—¡No! —gritó Vesper, sacudiéndose con las pocas fuerzas que le quedaban—. ¡No voy a traicionar a Gideon! ¡No voy a hacer eso! ¡Prefiero que me ejecuten aquí mismo!
Archer ni siquiera parpadeó. Miró a Mayra y le hizo una seña con la cabeza. Mayra bajó la daga de plata y la hundió dos centímetros en el muslo del muchacho. Un nuevo grito de agonía pura resonó en la choza, seguido del ll