Thomas me sostenía contra su pecho con una facilidad que siempre me resultaba impresionante. Bajamos las escaleras en silencio, con Freya pisándonos los talones en la penumbra del pasillo que conducía al ala de los guerreros. Mi pie vendado descansaba sobre sus piernas, pero la tensión que emanaba del cuerpo de Thomas era tan densa que el dolor físico pasaba a segundo plano.
Al doblar el pasillo hacia la puerta de Gideon y Vesper, los ruidos nos obligaron a frenar en seco.
No había silencio. Ta