Nos quedamos enredados en la cama unos minutos más, en un silencio tibio que terminó de disipar los fantasmas de la noche anterior. La caricia firme de Thomas en mi espalda me infundía una seguridad casi física, devolviéndole el ritmo tranquilo a mi respiración.
Él se separó despacio, buscando mi mirada con esa intensidad dorada que solía paralizarme, pero que ahora solo me transmitía determinación.
—Voy a bajar a organizar a los centinelas antes de que el sol termine de subir —dijo, depositand