Me quedé de pie junto al fuego, abrazándome la manta, cojeando levemente sin atreverme a dar un paso hacia él. Thomas avanzó despacio, recortando los metros que nos separaban con una lentitud casi dolorosa, hasta detenerse al otro lado de las brasas. La luz del fuego le iluminaba los pómulos marcados y el destello torturado de sus ojos.
—No la estaba besando, Emma —empezó Thomas, con la voz tan baja y rasposa que apenas competía con el sonido del viento—. Jamás en mi maldita vida tocaría a otra