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Capítulo 2. Sin salida.

Víctor le agarró la muñeca apretando tan fuerte que casi le corta la circulación.

Amanda intentó zafarse de un tirón, pero fue inútil; la fuerza de él era demasiada y ni siquiera se inmutó.

La respiración agitada de ambos chocaba en el silencio pesado de la oficina.

—Suéltame —exigió ella, con la voz temblando por una mezcla de rabia y un miedo que se negaba a demostrar.

Víctor la soltó dándole un ligero empujón, obligándola a retroceder hasta que sus rodillas chocaron contra el borde del sofá.

Él se acomodó la chaqueta del traje con una calma que a Amanda le incomodó.

—Te lo voy a explicar una sola vez para que lo entiendas y dejes el drama —comenzó Víctor, mirándola desde arriba con absoluta frialdad—. Mi abuelo no era ningún estúpido. Sabía que yo era capaz de casarme con la primera mujer que se me cruzara, solo para heredar, y divorciarme al día siguiente.

Amanda lo miró fijamente, sintiendo que le faltaba el aire.

—Por eso —continuó él, con un tono calculador—, el testamento tiene una condición inquebrantable: el fideicomiso general, la verdadera fortuna que me da el control absoluto del Imperio Grimaldi, solo me lo entregan cuando cumplamos cinco años de matrimonio.

—Llevamos tres años, Víctor... —murmuró ella, incrédula—. ¿Me estás diciendo que pretendes tenerme amarrada a ti dos años más, sabiendo que ya descubrí a tu amante y a tu hijo?

—Pretendo que cumplas el contrato que firmaste. Me faltan dos miserables años para obtener lo que es mío, y no voy a permitir que un ataque de celos arruine el trabajo de toda mi vida.

—¡No son celos, es dignidad! —estalló Amanda, poniéndose de pie de un salto—. ¡Me compraste! Me salvaste de la ruina solo para usarme como tu escudo frente a la sociedad. No lo voy a soportar. Saldré de aquí, presentaré la demanda de divorcio y...

—Si presentas esa demanda, te juro que te destruyo, Amanda —la interrumpió él, con una voz tan baja y letal que le heló la sangre. Dio un paso hacia ella, acorralándola de nuevo—. Si rompes el contrato antes del quinto año, la deuda por el fraude millonario que dejó tu difunto padre recae directamente sobre ti, con todos los intereses acumulados. No tienes ni un centavo a tu nombre que no salga de mis cuentas.

Amanda sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

—Te aplastarán —remató Víctor con rudeza—. Y cuando no puedas pagar, los acreedores te llevarán a juicio. Terminarás en una prisión para mujeres, pudriéndote en una celda por los delitos de tu querido padre.

El silencio cayó en la inmensa oficina. Las palabras de Víctor le cayeron encima como un balde de agua helada.

De golpe, se dio cuenta de que no tenía escapatoria.

Estaba acorralada. Si se quedaba, seguiría siendo la prisionera en un matrimonio de mentiras, compartiendo a su esposo con otra familia.

Si se iba, terminaba en la cárcel, y el apellido de su familia quedaría manchado para siempre. No había salida.

Sintió un nudo en la garganta, pero apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió.

Se tragó las lágrimas de impotencia. Ya no era la niña ingenua que había firmado ese papel tres años atrás.

Levantó el rostro y lo miró fijamente. El miedo desapareció de sus ojos, dejando paso a una valentía feroz que desconcertó a Víctor por un segundo.

—Muy bien —dijo ella, con un tono inusualmente tranquilo y frío—. Ganaste. Me quedaré esos dos años para que cobres tu maldito fideicomiso.

Víctor sonrió de medio lado, sintiéndose victorioso, creyendo que la había domado una vez más.

—Sabía que al final entrarías en razón...

—Pero escúchame bien, Víctor —lo cortó Amanda, dando un paso al frente hasta invadir su espacio, alzando la barbilla con orgullo—. Ya que te niegas a tocarme y a darme mi libertad, me voy a buscar un amante. Voy a encontrar a un hombre que me haga sentir como una mujer de verdad.

La sonrisa de Víctor se borró de un plumazo. La mandíbula se le tensó al instante y una mirada muy oscura le cruzó por los ojos.

—¿Qué estupidez estás diciendo?

—Lo que oíste —remató ella, sin parpadear—. Me voy a conseguir a alguien que no me trate como a un maldito adorno.

Sin darle tiempo a reaccionar, Amanda le dio la espalda, agarró su bolso y caminó hacia la puerta.

Salió de la oficina con la espalda perfectamente recta, dejando a Víctor clavado en el centro de la oficina, con la rabia quemándole las entrañas.

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