LEONARDO
Mi padre se recompone despacio.
Se coloca la túnica un poco ladeada por darme una bofetada y entonces… se ríe.
Una risa grave, incrédula, que resuena en la iglesia y provoca un escalofrío general.
—¿De verdad crees que alguien va a creer semejante estupidez? —dice, abriendo los brazos—. Yo no maté a nadie.
Algunos magos intercambian miradas incómodas. Otros asienten, aliviados por tener una explicación sencilla a la que aferrarse.
Hace una pausa breve, lo justo para que la duda se instale en la sala.
—Y ahora mi hijo —continúa—, cegado por una puta, que Dios sabe qué artes habrá usado para ponerlo en mi contra, pretende manchar mi nombre con una acusación tan miserable como decir que asesiné al amor de mi vida.
Su voz no se quiebra.
No tiembla.
Es la voz de un hombre acostumbrado a mandar… y a que le crean.
—Padre, reconoce que mataste a mi madre. Maldita sea.
Aprieto los puños, la sangre aún caliente en mi boca.
Pero algo me hace girar la cabeza.
Miro a Carolina.
Mi madras