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CAPÍTULO 2: El hombre que no sonríe

El viaje a Saldovia fue más corto de lo que Alina hubiera querido… pero lo suficientemente largo como para que su mente no dejara de torturarla.

No habló en todo el trayecto.

Sentada junto a la ventana del avión privado, observaba las nubes como si en algún momento fueran a darle una respuesta… o al menos una salida. Pero no había nada.

Solo blanco.

Vacío.

Exactamente como se sentía por dentro.

Dos meses.

Esa cifra no dejaba de repetirse en su cabeza.

Dos meses para casarse.

Dos meses para entregarle su vida a un desconocido.

Dos meses para dejar de ser Alina… y convertirse en algo más.

O en alguien menos.

Cerró los ojos un momento, intentando calmar el nudo en su pecho, pero fue inútil. Cada vez que lo hacía, el nombre volvía a aparecer.

Darian Volkov.

Nunca lo había visto. Nunca había escuchado su voz. No sabía nada de él… excepto que, de alguna manera, ya le pertenecía.

Eso la hizo apretar los puños.

Cuando el avión finalmente aterrizó, Alina sintió un leve temblor en su cuerpo. No era miedo… o al menos no quería llamarlo así.

Era algo más profundo.

Más incómodo.

Bajó del avión con la cabeza en alto, aferrándose a la única cosa que aún sentía que le pertenecía: su dignidad.

El aire en Saldovia era frío. Mucho más de lo que esperaba. Un frío elegante, seco, que parecía colarse bajo la piel.

El palacio se alzaba frente a ella como una pintura perfecta.

Imponente. Intocable.

Y completamente ajeno.

—Bienvenida a Saldovia, señorita Veremont —dijo una voz formal a su lado.

Alina apenas asintió.

Pero no estaba prestando atención.

Porque en ese momento…

lo vio.

De pie en la entrada principal, como si formara parte del propio palacio, estaba él.

Darian Volkov.

No necesitó que nadie se lo dijera.

Lo supo.

Había algo en su presencia que lo hacía imposible de ignorar.

Alto. Elegante. Vestido completamente de negro, con detalles sutiles que dejaban claro su estatus sin necesidad de exageración. Su postura era recta, firme… casi rígida.

Pero lo que más la impactó…

fue su mirada.

Fría.

No distante… no.

Fría.

Como si observara el mundo sin involucrarse en él.

Como si nada pudiera tocarlo.

Alina caminó hacia él, sintiendo cómo cada paso la acercaba a algo inevitable.

Cuando finalmente estuvieron frente a frente, el silencio se volvió pesado.

Darian la observó.

Sin prisa.

Sin emoción.

Recorriéndola con la mirada como si estuviera evaluando un objeto nuevo.

Alina sintió el impulso de cruzarse de brazos… pero no lo hizo. No le daría esa satisfacción.

—Así que tú eres Alina Veremont —dijo él finalmente.

Su voz era grave, controlada… perfectamente medida.

No había calidez en ella.

Ni siquiera curiosidad.

Alina sostuvo su mirada.

—Y tú eres Darian Volkov.

Un segundo de tensión pasó entre ellos.

—Seremos esposos —añadió él, como si hablara de algo completamente trivial.

El comentario le cayó como una piedra.

Alina inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso dicen.

Hubo una pausa.

Pequeña.

Pero significativa.

Darian pareció analizar esa respuesta.

—No será complicado —continuó—. Cada uno cumplirá su rol y esto funcionará.

Alina sintió cómo algo dentro de ella se tensaba.

—¿Y cuál es exactamente mi rol?

La respuesta fue inmediata.

—No interferir.

Directo.

Sin rodeos.

Como si fuera obvio.

Alina sintió el golpe… pero no bajó la mirada.

Al contrario.

Se acercó apenas un paso.

—Entonces tú tampoco interfieras conmigo.

Esa vez…

sí hubo reacción.

Fue mínima.

Un leve cambio en sus ojos.

Pero ella lo notó.

Darian entrecerró la mirada.

—No estás en posición de imponer condiciones.

—Y tú no estás en posición de controlarme.

El aire entre ellos se volvió más pesado.

Más denso.

Más… eléctrico.

Por un instante, ninguno dijo nada.

Pero todo estaba pasando.

Era invisible.

Silencioso.

Pero real.

Una tensión que no tenía nombre… pero que prometía problemas.

—Veremos cuánto dura esa actitud —dijo él finalmente.

Alina lo sostuvo sin vacilar.

—Lo suficiente.

Un silencio más.

Y luego, sin decir nada más, Darian se giró y comenzó a caminar hacia el interior del palacio.

Como si la conversación hubiera terminado.

Como si ella no importara lo suficiente para continuar.

Alina lo observó alejarse.

Y sintió algo que no esperaba.

No era miedo.

No era tristeza.

Era… desafío.

Porque en ese momento, algo quedó claro:

Ese hombre no la quería allí.

No la había elegido.

Y no pensaba intentar hacerlo.

Pero ella tampoco pensaba romperse.

No esta vez.

No por él.

No por nadie.

Apretó ligeramente la mandíbula y comenzó a caminar detrás de él.

Y mientras cruzaba las puertas del palacio…

una sola idea se instaló en su mente:

Si aquello iba a ser una prisión…

al menos no sería una prisionera fácil.

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