Mundo ficciónIniciar sesión
Alina Veremont siempre había sentido que su vida estaba escrita… pero nunca imaginó que ya estaba decidida incluso mucho antes de nacer.
La mansión familiar era un lugar hermoso, pero sofocante. Cada rincón estaba diseñado para impresionar, cada objeto tenía historia, cada gesto tenía reglas. Desde pequeña, Alina había aprendido a caminar con elegancia, a hablar con precisión y, sobre todo, a obedecer. Pero aquella noche… todo lo que creía estable se derrumbó. El sonido del reloj indicaba que eran las ocho cuando su abuela pidió verla en el salón privado. No era algo común. Las conversaciones importantes siempre ocurrían allí, lejos de los oídos del personal y de las apariencias. Alina entró con una ligera inquietud. —¿Me llamaste? —preguntó suavemente. Su abuela estaba sentada junto a la ventana, con la espalda recta, como siempre. Su presencia imponía respeto sin necesidad de levantar la voz. —Siéntate, Alina. Ese tono… no era normal. Alina obedeció, sintiendo cómo una presión invisible comenzaba a instalarse en su pecho. —¿Cómo estás? Que raro, muy pocas veces alguien se tomaba el tiempo de preguntarle cómo se encontraba, ni siquiera en un día tan importante como hoy. Eso fue una de las muchas cosas que le indicaban que algo iba mal. —Hoy cumples veinte años —continuó la mujer sin esperar que la chica siquiera pensara que decir —. Ya es momento de que sepas la verdad. Un escalofrío recorrió la espalda de Alina. —¿Qué verdad? Su abuela giró el rostro lentamente hacia ella. —Tu vida… nunca fue completamente tuya. Silencio. El corazón de Alina dio un golpe fuerte contra su pecho. No sabía de qué hablaba la anciana. —No entiendo. La anciana suspiró, como si llevara años preparando ese momento. —Antes de que nacieras, tu familia hizo un acuerdo con otra familia igual de poderosa. Alina sintió que el aire se volvía pesado. —¿Un acuerdo… de qué tipo? La respuesta llegó con una calma devastadora. —De matrimonio. El mundo se detuvo. Literalmente. —No… —susurró Alina, negando con la cabeza—. No, eso no puede ser real. —Lo es. —¿Con quién? Su voz salió más débil de lo que esperaba. —Con el heredero del reino de Saldovia. El nombre aún no había sido dicho… pero ya pesaba. —¿Quién? —Darian Volkov. El impacto fue brutal. Un príncipe. Un desconocido. Un hombre que no había visto nunca. —No lo conozco —dijo Alina, como si eso cambiara algo. —No es necesario. —¡Claro que lo es! Se puso de pie de golpe, sintiendo cómo la rabia comenzaba a quemarle por dentro. —¡No puedes decidir con quién voy a casarme! Su abuela no se inmutó. —Ya está decidido. —¡Yo no acepto! —No se trata de aceptar. Y no es una pregunta Alina , te casarás. Silencio. El tipo de silencio que pesa. Que aplasta. Alina sintió que algo dentro de ella se quebraba. —No voy a hacerlo. —Te casarás en dos meses. Dos meses. Dos meses para perder su vida. Dos meses para convertirse en la esposa de un hombre que no conocía. —Esto es una locura —murmuró, llevándose una mano al pecho—. No puedes obligarme. Su abuela la miró con una frialdad que nunca antes había visto. Y eso era mucho decir. —No entiendes lo que está en juego. —Entonces explícame, no me obliguen a hacer esto. —Nuestra familia no solo mantiene una imagen. Mantiene poder. Y ese poder depende de esta unión. Alina cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió… ya no era la misma. —Entonces no soy una persona. Silencio. —Soy un trato. La anciana no respondió. Y eso… fue suficiente. Porque en ese momento, Alina entendió la verdad más dolorosa de todas: Nunca había sido libre.






