Después de ese día
Alina dejó de intentarlo completamente.
Pero esta vez no fue como antes.
No era orgullo.
No era estrategia.
No era un juego.
Era cansancio.
Uno profundo.
Silencioso.
Irreversible.
No podía más.
Las mañanas se volvieron simples.
Se levantaba temprano, se vestía con la elegancia de siempre, bajaba al desayuno solo si era necesario… y hablaba solo lo indispensable.
Educada.
Correcta.
Distante.
Ya no buscaba su mirada.
Ya no respondía a su presencia.
Ya no esperaba nada.
Y eso…