Anabela
Los hombres de Dante me traen de nuevo a la habitación en la que desperté. Me empujan y caigo al piso.
—Portante bien, perra —me insulta uno de los hombres. Saco uno de mis cuchillos de mi pierna y lo lanzo contra él. Y me doy en la cabeza.
—Descansa en paz, perro —le digo y veo cómo el otro cierra la puerta de inmediato—. Ja, ja, ja, ¡no corras!
Me levanto del piso y pongo mis manos alrededor de mi vientre.
—Estás bien, bebé, ya te dije que te voy a proteger y así será, no dejaré que n