Anabela
Después de la visita inesperada de Dante, no sé si decirle a la señora Martha.
—No le diré, tengo una idea —me digo a mí misma.
Escucho que la puerta se abre y veo que entra la señora Martha con una bandeja de comida. Llega hasta a mí y pone una mesita en mis piernas. Veo que es una pasta, un jugo de naranja.
—Gracias, señora Martha —le agradezco amablemente.
—No me digas, señora, solo dime, Martha —me dice la mujer.
—No lo sé —le contesto dudosa.
—Bueno, está bien, pero come, si