Jamás había subestimado a Liam. Le gustaba tomarle el pelo, sí. No era su culpa que él fuera sensible y todo le cayera como patada en las bolas, pero siempre lo había admirado como una figura sagrada; después de todo, tenía a Leo.
Trató de sonreírle al niño, no quería ni imaginar el rostro que tenía. El niño le ofreció una sonrisita de vuelta.
—¿Estás bien?— su voz era pequeñita y preocupada. Volvió a llorar.
—U-un abrazo me haría sentir mejor— admitió, y en un parpadeo tenía al niño colgado de