Los minutos pasaron lentos y tortuosos hasta comenzar una nueva hora. Todo ese tiempo lo malgastaron desviando la mirada, negándose a admitir la culpa y respirando con dificultad producto de la tensión.
Pero a pesar de las muecas hostiles, sus cabezas tomaban caminos distintos. Bianca, por ejemplo, estaba a punto de rendirse. Debía una disculpa, estaba lista en su cabeza, resbalando hasta la punta de su lengua, pero siendo tragada de golpe al notar la estúpida mueca del azabache, todo desdeñoso y desinteresado.
En cierto punto, con lo más sincero de su corazón, había aceptado que moría por golpearlo hasta el cansancio, luego besarlo y después seguir golpeando. Lamentablemente, eso significaría ser la primera en crear contacto y su orgullo no estaba dispuesto a tal humillación.
Se puso de pie y caminó hacia la puerta.
—Oscar no dijo que podías salir.—Escuchó a sus espaldas y se maldijo por brincar sorprendida.
—Él no me manda.—Escupió cabreada, pero volvió a su lugar.
Entonces Liam se