Tres días después Robert caminaba pensativamente por el comedor. Sin duda Jhonn y su cuñada se habían reconciliado. Desde la noche del baile no se les había visto el pelo y seguían encerrados en los aposentos de su hermano. Nadie los había visto, excepto O’Hara, quien fielmente les subía algún refrigerio. Y cada vez que volvía lucía una sonrisa radiante.
Robert, por supuesto, estaba encantado. Pero ahora tenía que enfrentarse a un serio problema. La verdad saldría a la luz. Jhon se pondría fu