—¿Qué quieres? —espetó él. Lisa sintió pánico.
—¡Jon, no me eches! —rogó—. ¡Al menos deja que hablemos! ¡No puedo seguir así! ¡Por favor!
Él volvió a pasear la mirada por sus pechos y muslos, deteniéndose en la entrepierna. Sintió un estremecimiento.
—No.
Fue una única palabra, con una resolución de acero, que a Lisa le sentó como el primer clavo de la tumba.
—Por favor...
—¡No! —exclamó él brillándole los ojos.
Lisa reprimió un sollozo. Temía su enfado y sabía que debía marcharse, pero sus