MARTIN
Los días pasaron en una neblina de dolor y desesperación. La habitación del hospital se sentía como una prisión, no solo por las esposas que me mantenían atado a la cama, sino por la culpa que se aferraba a mi pecho como un peso imposible de levantar.
Entonces, mi madre vino.
Su rostro estaba cansado, con esas ojeras que delataban noches enteras sin dormir. Se sentó a mi lado y tomó mi mano entre las suyas. Eran cálidas, temblorosas.
—Hijo… —su voz se quebró—. Te amo. Y deseo con todo mi