MARTIN
Me trajeron al hospital, pero estoy detenido, atado a la camilla como un delincuente. El dolor es insoportable. Siento punzadas ardientes en el costado, un latido sordo en la cabeza, y cada respiración me quema los pulmones. Dicen los médicos que estoy muy malherido, pero quizá es la rabia y el dolor por no estar con Laura lo que me mantiene fuerte.
O al menos, lo hacía.
Porque me sedaron.
Y cuando despierto, lo primero que veo es el techo blanco, demasiado brillante, demasiado estéril.