Liya se quedó mirando su mano presionada contra la mesa, tanto angustiada como desconcertada por la rapidez con la que se había apoderado de ella. Buscando en vano una forma de frenar los frenéticos latidos de su corazón, Liya buscó una mentira que coincidiera con su pregunta.
- Estiro un poco las piernas.
- No necesitas estirar las piernas, intentaste huir de mí, corrigió el sheikh, quitando su mano de la de ella.
- No me voy a escapar, objetó Liya, recuperando su mano para ponerla sobre sus m