ADELAIDA:
Abro los ojos que no supe cuando lo cerré y escucho la queja de Raizel.
—Maldición.
Su gran cuerpo trata de moverse, pero escuchamos pasos y nos quedamos muy quietos.
—No te muevas.
Me susurra casi inaudible y me aprieto más a su cuerpo para que capte que lo he escuchado.
Los pasos se escuchan más cerca del carruaje y dejo de respirar mientras el corazón golpea mi pecho de manera frenética.
Pero un fuerte gruñido se escucha fuera y los gritos ahogados no se hacen esperar.
—Debo salir