—¿Quién te dejó pasar? —exclamó —. Debes irte, Anya, puedes pensar lo que sea, tampoco es que amas a Albert como lo dices, ambas lo sabemos bien.
—¡Mejor cállate! No creas que me has ganado la batalla, no se librarán de mí fácilmente, eso puedo jurártelo, mujer.
La puerta se abrió, Albert miró a esa mujer, sintió rabia de verla ahí, molestando a Leonor, y dañando a su hijo, tomó su brazo y la sacó con fuerza.
—¡Me lastimas!
—¡Tú lastimas a mi hijo! No te lo permitiré.
—No te daré el divorci