Ella intentó detenerlo, pero su fuerza la superaba.
—¿Qué haces, Demetrius?
Sus ojos estaban oscurecidos, mirándola profundamente.
—Quiero que seas mía, de nuevo, como esa noche.
Marina sintió que un rubor carmesí cubrió su rostro, negó.
—No, tú tienes a Sylvia, ahora.
Él siseó entre sus labios.
—No comiences con tonterías, quítate el vestido, te necesito, te deseo… —su voz era tan ronca y sensual, que se sintió bajo un hechizo del cual no podía huir.
—¿Y si no lo hago que harás? ¿Me env