Clarissa no sintió ni tantita compasión al ver el miedo en las caras de esos tipos.
Giró la cabeza hacia el hombre a su lado, alto, firme, con esa mirada que imponía, y le preguntó:
—¿Cómo empezó lo del señor Santoro?
Giovanni también ignoró al resto, concentrado solo en Clarissa, que ahora se veía serena, aunque sus ojos brillaban con sorpresa. Aun así, él no había olvidado la rabia y frustración que emanaba cuando la estaban molestando.
Puso su mano cálida sobre el hombro de ella y apretó con