Los atardeceres tienen una belleza tan relajante para el joven ninfa que él no podía evitar verlos todos los días.
Podía sentir sus preocupaciones hundiéndose junto a la caída del sol, es difícil aceptar que no eres hijo de quién pensante, que la persona que por años llamaste padre, no lo es en realidad. Amiel no restaba importancia a la crianza de su padre, reconocería siempre ese hecho pero su cabeza no dejaba de dar vueltas con la nueva información, se sentía solo e increíblemente perdido.
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