Narrado por Gabriella Valente
El olor de la clínica privada de Milán siempre me había parecido una sentencia de muerte suspendida en el aire. Era una mezcla estéril de desinfectante industrial, sábanas lavadas con cloro y el zumbido monótono de los monitores que contaban los minutos de vida que le quedaban a los pacientes del ala de oncología. Sin embargo, gracias a la estilográfica y los millones de Iker Moretti, la habitación de mi madre no se parecía en nada a los pabellones comunes donde la