Mundo ficciónIniciar sesiónEl eco de sus propios pasos sobre el pavimento mojado de Milán parecía repetir el ritmo de los latidos de aquel hombre. Gabriella caminaba rápido, con el cuerpo todavía encendido por un fuego que no le pertenecía y el sabor a whisky y peligro impregnado en las comisuras de sus labios. Se ajustó el abrigo gastado, ocultando el vestido de lentejuelas que se sentía como una piel de serpiente tras el encuentro en el camerino de L'Eclisse.
«Fue solo una noche», se repitió a sí misma, intentando ignorar el temblor de sus manos. «Una transacción de placer para olvidar la miseria».
Pero la miseria la esperaba con la puerta entreabierta.
Al entrar en el pequeño apartamento que apenas lograba pagar, el silencio no fue la bienvenida habitual. Era un silencio denso, cargado de un frío que le recorrió la espina dorsal.
—¿Mamá? —llamó Gabriella, dejando las llaves sobre la mesa coja—. Mamá, ya llegué. Traje algo de comida.
No hubo respuesta. Ni una tos, ni el roce de las sábanas, ni el sonido de la televisión vieja. Gabriella corrió hacia la habitación pequeña. La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando una escena que le detuvo el corazón: su madre yacía en el suelo, junto a la cama, con una mano extendida hacia el teléfono y los ojos cerrados. Su piel, usualmente pálida, tenía ahora un matiz grisáceo que gritaba muerte.
—¡Mamá! ¡No, por Dios, mamá! —Gabriella se desplomó a su lado, buscando desesperadamente el pulso en su cuello frío. Estaba débil, pero seguía ahí.
El trayecto al hospital fue una mancha borrosa de sirenas y llanto contenido. Las luces blancas de la sala de emergencias herían sus ojos, recordándole la crudeza de su realidad. Tras tres horas de espera agonizante, un médico de rostro cansado y bata impecable se acercó a ella.
—¿Familia de Elena Valente? —preguntó el doctor Bianchi, ajustándose las gafas.
—Soy su hija. Por favor, dígame cómo está —suplicó Gabriella, poniéndose en pie con las piernas flaqueando.
El doctor suspiró, un sonido que para Gabriella fue como el golpe de un martillo sobre un ataúd.
—La leucemia ha entrado en una fase crítica, señorita. El tratamiento actual ya no es suficiente. El colapso de esta noche fue una señal de que sus órganos están empezando a fallar bajo la presión de la enfermedad.
—Tiene que haber algo más —dijo ella, con la voz quebrada—. Un medicamento, una cirugía... lo que sea.
—Existe un protocolo experimental en una clínica privada de alta especialización aquí en Italia. Es su única oportunidad real. Pero... —el doctor hizo una pausa, mirándola con una mezcla de lástima y pragmatismo—, el costo de ingreso y la medicación inicial superan los cien mil euros. Sin un depósito inmediato, no podemos trasladarla. Y cada hora cuenta.
Cien mil euros. Gabriella sintió ganas de reírse por la ironía cruel. Había vendido su dignidad esa noche en un camerino por unos pocos billetes, y ahora necesitaba una fortuna que no vería ni en diez vidas.
Se sentó en la silla de plástico de la sala de espera, hundiéndose en la desesperación. Solo había una persona en el mundo que manejaba esas cifras. Una persona que la había desechado como basura años atrás en Latinoamérica. El hombre que ella juró que nunca volvería a ver.
Con los dedos temblando, sacó su teléfono y marcó un número que tenía memorizado como una maldición. El tono sonó una, dos, tres veces.
—¿Quién es? —la voz al otro lado era áspera, autoritaria y desprovista de cualquier calidez paternal.
—Soy yo, Esteban —dijo ella, negándose a llamarlo "papá".
Hubo un silencio prolongado. Al otro lado de la línea, en algún lugar de lujo, pudo escuchar el sonido de una botella abriéndose.
—Gabriella. Vaya, parece que el orgullo se te terminó antes que el hambre. ¿A qué debo el honor? ¿Te diste cuenta de que no puedes sobrevivir sola en Europa?
—No te llamo por mí —escupió ella, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. Mamá se está muriendo. Ahora mismo. El doctor dice que necesita un tratamiento experimental de cien mil euros o no pasará de la semana.
Esteban soltó una carcajada seca que hizo que a Gabriella se le revolviera el estómago.
—Elena siempre fue una carga, incluso cuando estábamos juntos. ¿Y esperas que yo, el hombre al que escupiste antes de irte, pague por la mujer que me abandonó?
—Tú nos abandonaste a nosotros, maldito cobarde —siseó ella, las lágrimas de rabia finalmente cayendo—. Te lo ruego, Esteban. Ella es la única familia que tengo. Haz algo bien por una vez en tu miserable vida.
—Todo tiene un precio, hija mía —dijo Esteban, y su tono cambió a uno mucho más calculador, casi depredador—. Resulta que estoy en Italia por negocios. Mi socio y yo necesitamos a alguien de confianza en nuestra oficina de Milán. Alguien que no haga preguntas y que sepa... obedecer.
—¿Qué quieres decir?
—Mañana a primera hora te quiero en la Torre Moretti. Conseguí que mi mejor amigo, mi socio más cercano, te diera un puesto como su asistente personal. Si te presentas, si haces exactamente lo que él te pida y si logras que él esté satisfecho contigo, yo me haré cargo de todos los gastos médicos de tu madre. Hasta el último centavo.
—¿Tu socio? —preguntó Gabriella con desconfianza.
—Iker Moretti. Es como un hermano para mí. Según nuestras leyes no escritas, para ti será como un tío. Él es un hombre... exigente. Pero es poderoso. Si él te acepta bajo su ala, tu madre vivirá.
Gabriella cerró los ojos. La mención de un "tío" impuesto por su padre le daba náuseas, pero no tenía opción. El reloj de la pared del hospital avanzaba, robándole segundos de vida a su madre.
—Lo haré —susurró—. Iré mañana. Pero si mientes, si no pagas al hospital... te juro que te mataré.
—No me decepciones, Gabriella. Preséntate a las ocho. Y ponte algo que no te haga parecer una muerta de hambre. A Iker le gusta la excelencia.
Esteban colgó sin despedirse.
Gabriella se quedó mirando la pantalla oscura del teléfono. Había hecho un pacto con el diablo que la engendró para entrar en el mundo de un hombre que no conocía. Mañana conocería a ese "Tío Iker", el socio de su padre, el hombre que ahora era dueño de su libertad.
No sabía que el destino ya le había mostrado los ojos de su nuevo amo. No sabía que el hombre que la esperaba en la Torre Moretti era el mismo que la había hecho gemir de placer en la oscuridad de un club, y que el contrato que estaba a punto de firmar no era de trabajo, sino de absoluta y total posesión.







