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El aire en el club L'Eclisse era una mezcla densa de perfume caro, tabaco de importación y el olor metálico del deseo contenido. En el escenario, las luces de neón azul y violeta cortaban la penumbra como cuchillas de cristal, reflejándose en las lentejuelas que apenas cubrían el cuerpo de Gabriella. Ella no era una bailarina común; era una sombra que se movía con la desesperación de quien tiene un precio sobre la cabeza. Cada movimiento de sus caderas, cada roce de sus manos sobre su propia piel, era una plegaria silenciosa dirigida al hospital de Milán, a las facturas de quimioterapia que se acumulaban como sentencias de muerte.
Esa noche, sin embargo, el ambiente se sentía diferente. Pesado. Eléctrico.
Desde la plataforma, Gabriella barrió el área VIP con la mirada oculta tras su máscara de encaje negro. Y entonces lo vio. O mejor dicho, sintió su gravedad. En la mesa más apartada, envuelto en una oscuridad que parecía obedecerle, había un hombre. No podía ver su rostro, solo la mandíbula cuadrada y perfectamente afeitada, y una mano grande que sostenía un vaso de cristal con un líquido ambarino. Él no gritaba, no aplaudía, no le lanzaba billetes como los otros cerdos sedientos. Él simplemente la devoraba con la mirada, una mirada que Gabriella sentía como un rastro de fuego sobre su piel desnuda.
La música, un ritmo electrónico lento y pulsante, latía en sus sienes. Gabriella bajó del escenario mientras el humo artificial la envolvía. Sus pies, acostumbrados al cansancio, la guiaron hacia el pasillo trasero, lejos del ruido. Necesitaba aire, pero lo que encontró fue el silencio absoluto del área restringida.
O eso creía.
—Bailas como si estuvieras huyendo de algo, o como si buscaras que alguien te atrape para siempre —una voz profunda, como el rugido sordo de una tormenta lejana, vibró a sus espaldas.
Gabriella se congeló. El corazón le golpeó las costillas con una violencia nueva. Se giró lentamente. Era él. El hombre de la sombra. De cerca, su presencia era abrumadora; vestía un traje de corte italiano que gritaba poder y una camisa negra desabrochada en el cuello, dejando entrever una masculinidad dominante. Él también llevaba una máscara, una de cuero rígido que solo dejaba a la vista unos ojos de un gris gélido, casi metálico.
—No acepto clientes privados —susurró ella, aunque su voz la traicionó, sonando más como una invitación que como una advertencia.
—No soy un cliente —respondió él, dando un paso al frente. El espacio entre ellos se redujo a nada. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió, rompiendo todas sus defensas—. Soy el hombre que no vas a poder olvidar mañana, aunque lo intentes.
Sin permiso, él extendió una mano y rodeó su cintura, tirando de ella hacia la penumbra de un camerino vacío. Gabriella debió gritar, debió correr, pero el magnetismo de ese desconocido era una fuerza de la naturaleza. Cuando la puerta se cerró tras ellos, el mundo exterior desapareció.
Él la acorraló contra la madera fría de la puerta. Sus manos, grandes y ásperas, subieron por sus muslos, quemando la seda de sus medias. Gabriella soltó un jadeo cuando el rostro del desconocido se enterró en el hueco de su cuello, aspirando su aroma con una voracidad que la hizo temblar.
—Estás temblando —murmuró él contra su piel, su aliento caliente enviando descargas eléctricas a su vientre—. ¿Es miedo, o es que finalmente encontraste a alguien que sabe exactamente qué hacer contigo?
—No te conozco —logró decir ella, echando la cabeza hacia atrás mientras los labios de él reclamaban su clavícula.
—Mejor así. En la oscuridad, somos lo que queremos ser. Sin nombres. Sin pasado. Solo piel y hambre.
Lo que siguió fue un incendio. No hubo ternura, solo una urgencia animal que los consumió a ambos. Él la dominó con una maestría que le robó el aliento, reclamando cada rincón de su cuerpo como si fuera su dueño legítimo. Gabriella se perdió en la sensación de sus hombros anchos, en la fuerza de sus brazos que la sostenían en vilo, en el contraste de su propia vulnerabilidad contra la roca sólida que era él. En ese camerino, Gabriella dejó de ser la asistente desesperada, la hija abandonada, la bailarina rota. Se convirtió en puro deseo, respondiendo a cada embestida de ese hombre misterioso con una pasión que no sabía que poseía.
Él la poseyó con una autoridad absoluta, como si estuviera marcando un territorio, como si supiera que ella era la pieza que le faltaba a su propia oscuridad. Sus gemidos se ahogaron contra los besos de él, besos que sabían a whisky y a peligro. Cada caricia de él era un contrato firmado con fuego, una promesa de que nada volvería a ser igual.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de estrellas negras. Gabriella se aferró a su espalda, hundiendo las uñas en la tela fina de su camisa, mientras él soltaba un gruñido gutural que resonó en el pecho de ella.
Por unos segundos, el tiempo se detuvo. El pecho de él subía y bajaba rítmicamente contra el de ella. El aroma a sexo y misterio los rodeaba. Gabriella quiso quitarle la máscara, quiso ver quién era el hombre que acababa de destrozar su mundo, pero él la detuvo, sujetando sus muñecas con una firmeza que no admitía réplica.
—No —dijo él, su voz recuperando esa frialdad autoritaria que la hacía estremecer—. Algunas cosas son más hermosas cuando permanecen en la sombra.
Él se separó de ella con una elegancia letal. Se ajustó el traje y se abotonó la camisa como si nada hubiera pasado, como si no acabara de devorar el alma de la mujer que tenía enfrente. Sin decir una palabra más, sin revelar su nombre, sin darle una dirección, salió del camerino dejándola sola en la penumbra.
Gabriella se dejó caer contra el suelo, con las piernas temblorosas y el corazón roto en mil pedazos de lujuria. No sabía quién era. No sabía de dónde venía. Lo único que sabía es que ese hombre la había marcado de una forma que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar.
Lo que Gabriella no imaginaba, mientras intentaba recuperar el aliento en aquel camerino sucio, era que el destino tenía un sentido del humor retorcido. No sabía que ese hombre, el que la había tratado como su posesión más preciada en la oscuridad, era el mismo que su padre llamaba con respeto, el mismo que mañana se sentaría detrás de un escritorio de caoba para decidir el futuro de su madre.
No sabía que acababa de entregarse al demonio, y que el contrato de su alma ya estaba firmado







