Aetos
El señor Oikonomou se puso de pie y extendió su mano para estrecharla como la mía, después de una hora conversando con él y convenciéndolo de el por qué debía venderla. Con la propuesta que le había ofrecido era imposible que se negara, no sólo era dinero, sino la promesa que la empresa siempre abriría las puertas para sus descendientes.
—Lo estaremos esperando en Atenas, señor Oikonomou —dije volviendo a colocarme los lentes de sol y tomando el portafolio que había traído conmigo.
—Nos