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—¿Lo quieres? Puedo cortártelo...

—No. Lo que quiero es que me digas por qué estás aquí—. Por fin podía centrarse en lo importante. Su inexplicable presencia. Le miró con el ceño fruncido y se obligó a cruzarse de brazos, a pesar de que sentía unas ganas irrefrenables de acurrucarse contra él. Ni siquiera sabía de dónde le venía esa necesidad. No era una persona demasiado afectuosa, así que el contacto físico no era algo natural. Debía de ser un efecto secundario imprevisto del embarazo. Se dijo a sí misma que debía ser fuerte y siguió mirándole con el ceño fruncido. Entonces se le ocurrió algo que la hizo mirarle horrorizada y empezar a caminar de un lado a otro. —Dios mío. Eres el jefe de la empresa. Eso significa que tienes acceso a mi información. Eso significa que me has estado acosando. Dios mío. Dios mío. Tengo que llamar a la policía. Gail. Stephan...

—¡Helena!— Henry la agarró por los brazos y la obligó a pararse. Atónita, se quedó mirándolo. —No soy un acosador—. Lo absurdo
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