Kiara resopló.
—¡No sé quién demonios te crees que eres!—, espetó. —Pero no soy un cachorrito obediente al que dar órdenes cuando te da la gana.
Martiniano sólo se quedó mirándola, desinteresado por las palabras que salían de su boca. Sabía que esta discusión era algo que pretendía ganar. No le interesaba escuchar nada más de lo que Kiara decía, porque ya había tomado una decisión y no pensaba cambiarla pronto.
Suspiró cuando ella continuó lanzándole insultos. Vio los movimientos de su boca, p