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Un fuerte y repentino tirón de su brazo y su espalda chocaron contra la barandilla y Helena se dio cuenta de que era capaz de detener su caída. Le dolía el hombro y la espalda, pero no estaba cayendo. Se le escapó un suspiro de alivio. Los chicos estaban bien.

—¡Helena!

Mirando hacia lo alto de las escaleras, donde había oído el grito, se sorprendió de lo pálido que estaba Henry. Vest

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