—¿Así que has terminado? ¿No hay nada más que hacer? ¿Así sin más?
Helena asintió antes de darse cuenta de que nadie podía verla, habló.
—Sí. Y ni siquiera tuve que mover un dedo. No me dejaron. El jefe de mudanzas se limitó a mirarme la barriga y a decirles a todos que no me molestaran. Fue un detalle—, dice mientras recorre con la mirada su nuevo apartamento. La emoción casi la abruma. Todo estaba exactamente donde ella quería y aún quedaba espacio para que pudiera revolcarse por el suelo si