Helena tenía dificultades para concentrarse en su trabajo. Llevaba una hora sin teclear una nueva entrada. O, más concretamente, cuando sus ojos miraron el reloj de su escritorio, cincuenta y tres minutos...
Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, soltó un gruñido de frustración. Dejó el bolígrafo y se cubrió la cara con las manos. Se había dicho a sí misma que no iba a hacerlo. No iba a ser la tonta de ayer. Mirando la hora tan de cerca, contando las horas, los minutos y los segundos que fa