Amanda terminaba de secarse el cabello en el baño principal de la casa, el secador zumbando con un ruido constante que ahogaba el silencio de la mañana. El espejo empañado reflejaba su imagen: el vientre ya muy prominente bajo la blusa holgada de algodón blanco, el cabello cayendo en ondas húmedas sobre los hombros. Se pasó los dedos por los mechones para desenredarlos, se arregló la blusa tirando de la tela para que cayera mejor. No esperaba a nadie. Quizás era el repartidor con las sandalias nuevas que había pedido online hacía un par de días —unas planas, cómodas, porque los pies ya no aguantaban tacones.
El timbre sonó dos veces, insistentes. Apagó el secador, lo dejó sobre el mármol.
Tocaron otra vez, ella frunció el ceño al ver la insistencia de quien quiera que tocase a esas horas.
Abrió la puerta principal con una sonrisa preparada para el repartidor.
Y se quedó helada.
—¡Sorpresa! —dijo Andrew, abriendo los brazos con esa sonrisa amplia, carismática, que iluminaba cualquier p