Amanda terminaba de secarse el cabello en el baño principal de la casa, el secador zumbando con un ruido constante que ahogaba el silencio de la mañana. El espejo empañado reflejaba su imagen: el vientre ya muy prominente bajo la blusa holgada de algodón blanco, el cabello cayendo en ondas húmedas sobre los hombros. Se pasó los dedos por los mechones para desenredarlos, se arregló la blusa tirando de la tela para que cayera mejor. No esperaba a nadie. Quizás era el repartidor con las sandalias