Andrew abrió la puerta de su apartamento en el Upper West Side con una toalla en la cabeza y el móvil en la mano, todavía tarareando la canción que había estado escuchando en la ducha.
Era una mañana cualquiera de sábado en Manhattan: el sol entraba por las ventanas altas, el tráfico lejano de Central Park West sonaba como un rumor constante y él tenía planeado pasar el día en el estudio ensayando.
Pero al ver quién estaba al otro lado de la puerta, se quedó completamente quieto.
Eric Sanders —s