Andrew abrió la puerta de su apartamento en el Upper West Side con una toalla en la cabeza y el móvil en la mano, todavía tarareando la canción que había estado escuchando en la ducha.
Era una mañana cualquiera de sábado en Manhattan: el sol entraba por las ventanas altas, el tráfico lejano de Central Park West sonaba como un rumor constante y él tenía planeado pasar el día en el estudio ensayando.
Pero al ver quién estaba al otro lado de la puerta, se quedó completamente quieto.
Eric Sanders —su hermano mayor, el intocable, el que nunca pisaba territorio ajeno sin una razón de peso— estaba allí, de pie en el pasillo, con una maleta pequeña a los pies y el rostro más cansado que Andrew recordaba haberle visto nunca.
—¿Eric? —dijo Andrew, la voz saliendo más aguda de lo normal—. ¿Qué demonios…?
No terminó la frase. Se lanzó hacia adelante y lo abrazó con fuerza, los brazos rodeando el cuello de su hermano como si tuviera diez años otra vez. Era la primera vez en la vida que Eric lo vis