Andrew cerró la puerta de la habitación de invitados, dejó la maleta abierta sobre la cama y se sentó en el borde del colchón, exhausto. El día había sido largo, demasiado largo: el vuelo transatlántico, la llegada sorpresa, el almuerzo tenso donde cada palabra parecía una mina, y luego la tarde entera con Eric y Amanda orbitando el uno al otro como planetas en colisión inminente.
Se pasó las manos por el cabello negro, soltándose la coleta que llevaba todo el día. No podían llevarse peor. Era increíble la tensión que flotaba entre ellos, un dolor palpable que ninguno cedía. Amanda estaba muy dolida, y con razón: sentía que Eric le quitaba peso a lo que había hecho, que minimizaba la traición con excusas de "protección". Andrew lo entendía perfectamente. No era fácil confiar de nuevo cuando la persona a la que amabas te había traicionado de raíz, te había hecho cuestionar cada mirada, cada caricia.
Pero también entendía a Eric. Su hermano mayor siempre había tenido miedo de confiar, d