Carmen estaba en su estudio, sentada frente al escritorio de madera oscura, revisando una pila de papeles con cuidado.
La música clásica sonaba suave de fondo, un concierto de piano que ayudaba a concentrarse.
Era una tarde tranquila en su casa amplia, con el sol filtrándose apenas por las cortinas gruesas. De repente, la puerta se abrió de golpe, rompiendo la paz. Abel entró sin llamar, con el rostro tenso y los ojos llenos de rencor. Aún llevaba el traje de la mañana, ahora arrugado, como si