Eric no esperaba que esas palabras salieran de su boca con tanta claridad.
Las sintió casi como si alguien más hablara por él, alguien que llevaba años encerrado, esperando una grieta para respirar.
Cuando dijo que quería una familia, que la quería a ella y a sus hijos, notó el temblor inmediato en Amanda. Su mano, la que segundos antes lo tocaba con descaro, cayó sobre su propio regazo como si el cuerpo no supiera qué hacer con esa confesión.
Ella lo miró con una mezcla difícil de sostener. No era rechazo. Tampoco era entrega. Era algo mucho más profundo, más doloroso, más honesto que cualquier pelea que hubieran tenido.
—No sé si eso sea posible —susurró, apenas con aire—. No mientras sigas comportándote de esa manera.
La frase lo atravesó, pero no retrocedió. No esta vez.
Eric la rodeó con los brazos, atrayéndola despacio, sin aquella urgencia que los había dominado minutos antes. Apoyó la frente en su sien como si buscara un lugar seguro.
—Muchas cosas van a cambiar —dijo, firme,