Eric se quedó de pie, mirando las tres hojas que Amanda le había extendido.
No las tomó al instante. Las observó como si fueran un veneno cuidadosamente envuelto en papel, y luego la miró a ella, que seguía esperando.
—No eres mi reina.
—No necesito que lo creas, con ser tu esposa ya soy reina.
—Pero no mí reina.
—Eric, Eric, no me importa. Me he puesto bajo tu piel, así que esto es todo lo que hay.
—Esto es una farsa —dijo con voz baja, helada—. Desde el principio lo ha sido. Tú. Todo esto. Ca