Amanda se arqueó más, sus manos explorando su espalda, clavando uñas en la carne bajo su camisa, rasgando botones en un arrebato de impaciencia. Mordió su cuello en respuesta, un bocado salvaje que lo hizo sisear, su cuerpo tensándose contra el de ella. El aire de la cocina se cargó de jadeos y roces: el sonido de tela arrugándose, de piel contra piel, de respiraciones entrecortadas que llenaban el espacio como una sinfonía obscena. Sus pechos subían y bajaban con cada caricia de él, sus dedos