Capítulo 9: La primera amenaza

El primer mensaje llegó un martes por la mañana, mientras Elena revisaba en su teléfono los últimos detalles de la ceremonia civil que se celebraría en apenas cuatro días. Era un número desconocido, sin ningún contacto asociado, y el contenido la dejó paralizada durante varios segundos frente a la pantalla.

«Todavía estás a tiempo de escapar de esta boda. Dante Moretti no es el hombre bondadoso que crees conocer. Aléjate antes de que sea demasiado tarde.»

Elena releyó el mensaje tres veces, sintiendo que un frío inesperado le recorría la espalda, antes de borrar la conversación y guardar el teléfono en el bolsillo de su bata, decidida a no darle demasiada importancia. Probablemente se trataba de alguna broma de mal gusto, quizás de algún empleado descontento de la empresa, o incluso del propio Bruno intentando sembrar dudas en su cabeza a través de un número que no pudiera rastrearse fácilmente hasta él.

Pero los mensajes no se detuvieron ahí.

Al día siguiente, mientras desayunaba en la terraza de la mansión, su teléfono volvió a vibrar con un segundo mensaje del mismo número desconocido.

«Pregúntale a Dante sobre su primer matrimonio. Pregúntale qué le pasó realmente a su primera esposa. Después decide si quieres seguir adelante con esto.»

Esta vez, Elena sintió que las manos le temblaban ligeramente mientras sostenía el teléfono. No tenía idea de que Dante hubiera estado casado anteriormente; en ningún momento durante sus conversaciones, ni siquiera durante la negociación minuciosa del contrato matrimonial, él había mencionado nada al respecto.

—¿Todo bien, Elena? —preguntó Dante, entrando en la terraza con su habitual porte impecable, notando de inmediato la tensión en el rostro de ella.

—Sí, todo bien —mintió Elena, guardando rápidamente el teléfono, sintiendo una punzada de culpa inmediata al recordar la primera regla que ambos habían acordado apenas unos días antes, jamás mentirse el uno al otro.

Dante la observó con atención, sin decir nada más, pero Elena pudo notar que él percibía perfectamente que algo no andaba bien. Aun así, decidió no presionarla, sentándose frente a ella con su propio desayuno y desviando la conversación hacia los preparativos finales de la boda, como si concediera silenciosamente el espacio que ella necesitaba para procesar lo que fuera que la estuviera inquietando.

Esa misma tarde, incapaz de soportar la incertidumbre por más tiempo, Elena decidió llamar a la única persona que, hasta hacía apenas unas semanas, había considerado su mejor amiga.

—Sofía, necesito preguntarte algo —dijo, tratando de mantener un tono neutral, aunque la desconfianza que sentía hacia ella desde la boda todavía pesaba entre ambas como una sombra difícil de disipar —¿Sabes algo sobre un primer matrimonio de Dante Moretti?

Hubo una pausa notable al otro lado de la línea, una pausa que a Elena le pareció sospechosamente similar a la que Sofía había tenido semanas atrás, justo antes de confesar que conocía el compromiso de Bruno con Camila.

—¿Por qué preguntas eso? —respondió finalmente Sofía, con una voz que sonaba extrañamente cautelosa.

—Alguien me envió un mensaje anónimo sugiriendo que le preguntara a Dante sobre eso —admitió Elena —Sofía, ¿tú sabes algo? Por favor, si sabes algo, necesito que me lo digas ahora, no dentro de semanas cuando ya sea demasiado tarde.

—Elena, yo... he escuchado rumores, nada más —dijo Sofía, aunque su tono no terminaba de sonar convincente del todo —Se dice que la primera esposa de Dante murió en circunstancias extrañas hace años, pero nunca se comprobó nada oficialmente. Son solo rumores de oficina, Elena, no puedes basar tus decisiones en chismes sin fundamento.

Elena sintió que el estómago se le encogía ante aquella revelación, por vaga e infundada que fuera.

—¿Por qué nunca me habías mencionado esto antes? —preguntó, con un tono más acusatorio del que había pretendido usar.

—Porque no me pareció relevante hasta ahora —respondió Sofía, con cierta impaciencia —Elena, mira, entiendo que estés nerviosa por la boda, pero no deberías dejarte llevar por mensajes anónimos de gente cobarde que ni siquiera da la cara.

Después de colgar, Elena se quedó sentada largo rato en su habitación, dándole vueltas a la conversación una y otra vez. Algo en el tono de Sofía, en su excesiva cautela, en la forma en que había minimizado tan rápidamente la gravedad del asunto, le resultaba profundamente sospechoso. Recordó, además, que Sofía había sido la única persona, aparte de Bruno, que conocía con certeza su número de teléfono personal y los detalles más íntimos de su situación con la familia Moretti.

Esa noche, un tercer mensaje llegó justo cuando Elena se preparaba para dormir.

«Sofía ya te mintió una vez, Elena. ¿Por qué confías en que esta vez sea diferente? Aléjate de los Moretti antes de terminar como la primera esposa de Dante.»

Elena sintió que el corazón le latía con fuerza al leer aquel mensaje, y esta vez, decidió que no podía seguir guardando silencio. Bajó directamente al despacho de Dante, encontrándolo todavía despierto, revisando documentos bajo la luz tenue de su lámpara de escritorio.

—Necesito preguntarte algo, y necesito que me digas la verdad completa —dijo Elena, sin ningún preámbulo, cerrando la puerta del despacho tras ella.

Dante alzó la vista de inmediato, notando la seriedad en su expresión, y dejó a un lado los documentos que sostenía.

—Te escucho —dijo simplemente.

—¿Estuviste casado antes? —preguntó Elena, directa —¿Y es verdad que tu primera esposa murió en circunstancias extrañas?

El rostro de Dante se tensó visiblemente, y por un instante, Elena creyó ver un dolor genuino cruzar aquellos ojos oscuros que normalmente permanecían impenetrables.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó él, con una voz que había perdido por completo su calma habitual.

—Alguien me ha estado enviando mensajes anónimos durante los últimos tres días —confesó Elena, mostrándole finalmente su teléfono con la conversación completa —Insinuando que debería alejarme de ti, mencionando a tu primera esposa, incluso mencionando que Sofía me mintió antes y que podría estar mintiéndome otra vez.

Dante tomó el teléfono con manos que Elena notó ligeramente tensas, leyendo cada mensaje con una expresión que se ensombrecía progresivamente.

—Sí, estuve casado antes —admitió finalmente, devolviéndole el teléfono —Se llamaba Isabella. Y sí, murió hace ocho años, en un accidente automovilístico que nunca terminé de entender del todo. Pero te prometo, Elena, que jamás tuve nada que ver con su muerte, si es eso lo que esos mensajes están insinuando.

Elena lo observó largamente, sintiendo que le creía, aunque una parte de ella todavía no podía evitar preguntarse quién, entre todas las personas que conocía, estaba tan interesado en sembrar aquella semilla de duda entre ellos justo antes de la boda.

—Alguien quiere separarnos, Dante —dijo finalmente —Y sea quien sea, conoce detalles muy íntimos sobre ambos.

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