Mundo ficciónIniciar sesiónLos días posteriores a la firma del contrato transcurrieron entre una vorágine de preparativos legales y una tensión familiar que Elena podía sentir crecer con cada hora que pasaba dentro de la mansión Moretti, donde Dante había insistido en que se instalara desde ese mismo momento, alegando razones de seguridad que Elena todavía no terminaba de comprender del todo.
Fue durante su tercera noche en la mansión cuando escuchó voces alzadas provenientes del despacho de Dante, y aunque sabía que no debía escuchar conversaciones ajenas, la curiosidad y una vaga sensación de que aquello podría concernirla directamente la llevaron a acercarse silenciosamente hasta la puerta entreabierta. —No puedes hacer esto, tío Dante —la voz de Bruno sonaba cargada de una desesperación que Elena no le había escuchado nunca antes, ni siquiera en los peores momentos de su ruptura —Esa mujer no es más que una cazafortunas que se aprovechó de la situación para trepar hasta la cima de nuestra familia. —Cuida tus palabras, Bruno —respondió Dante, con esa calma helada que Elena ya reconocía como su forma habitual de expresar la furia más profunda —Estás hablando de la mujer que pronto será tu tía, y madre de tu propio hijo. —¡Precisamente por eso no puede ser tu esposa! —exclamó Bruno —¿No te das cuenta de lo absurdo, de lo humillante que resulta todo esto? Mi propio tío casándose con la mujer que fue mi amante durante meses. ¿Qué va a pensar la gente? ¿Qué va a pensar mi padre? —Tu padre debería estar preocupado por explicaciones mucho más urgentes, como por qué financió la clínica privada donde pretendías obligar a Elena a abortar a mi futuro sobrino nieto —replicó Dante, con una frialdad que hizo que Elena, incluso desde el otro lado de la puerta, sintiera un escalofrío recorrerle la espalda —En cuanto a lo que pensará la gente, Bruno, eso dejó de importarme genuinamente el día en que decidiste humillar públicamente a dos mujeres en la misma tarde. Hubo un silencio tenso, interrumpido apenas por el sonido de pasos que Elena imaginó pertenecientes a Bruno, caminando de un lado a otro del despacho con la agitación de quien se siente completamente acorralado. —Esto no se trata de proteger a Elena ni al bebé —dijo finalmente Bruno, con una voz que había cambiado, ahora cargada de una sospecha fría y calculadora —Esto se trata de ti, tío. Siempre ha sido así contigo. Necesitas controlarlo todo, necesitas demostrar que puedes arreglar cualquier desastre que yo provoque, aunque para eso tengas que casarte con una mujer veinte años menor que tú. —Ten cuidado con lo próximo que vayas a decir, sobrino —la voz de Dante bajó hasta convertirse en un susurro peligroso —Porque estás muy cerca de insinuar algo que no te conviene insinuar en absoluto. —¿O qué? —desafió Bruno —¿Me vas a desheredar también a mí, como amenazaste hace unos días? Adelante, tío. Total, ya perdí a Camila, perdí mi reputación, ¿qué más da perder también mi lugar en la empresa familiar? —Eso depende enteramente de ti, Bruno —respondió Dante —Pero te advierto una cosa: si intentas, de cualquier manera, sabotear mi matrimonio con Elena, o si intentas hacerle daño a ella o a mi sobrino nieto de cualquier forma, no habrá parentesco que te salve de las consecuencias. ¿Ha quedado claro? Elena escuchó pasos acercándose rápidamente hacia la puerta y retrocedió justo a tiempo para no ser descubierta, refugiándose tras una columna del pasillo mientras Bruno salía del despacho con el rostro desencajado por la furia, sin siquiera percatarse de su presencia cercana. Esa misma noche, mientras Elena se encontraba en la biblioteca de la mansión, incapaz de conciliar el sueño después de lo que había escuchado, Dante apareció en la puerta, todavía vestido con la misma camisa de la tarde, aunque con el primer botón desabrochado y una expresión de cansancio que Elena no le había visto hasta entonces. —No podías dormir tampoco —observó él, más como afirmación que como pregunta, entrando en la habitación y sirviéndose una copa de whisky de la vitrina cercana. —Escuché parte de tu conversación con Bruno —admitió Elena, decidiendo que la sinceridad era la mejor manera de honrar la primera regla que ambos habían acordado —No fue mi intención espiar, pero las voces se escuchaban con claridad desde el pasillo. Dante no pareció sorprendido ni molesto por aquella confesión. Simplemente asintió, tomando asiento en el sillón frente a ella. —Entonces ya sabes que mi sobrino no está precisamente feliz con nuestro compromiso —dijo, con una media sonrisa amarga. —Lo imaginaba —respondió Elena —Pero escuchar la conversación completa me hizo entender algo que no había considerado hasta ahora, al casarme contigo, no solo me estoy ganando la protección de tu familia. También me estoy ganando enemigos dentro de ella. Dante bebió un sorbo de su whisky, observándola con una seriedad que Elena reconoció como genuina preocupación, aunque él probablemente jamás lo admitiría en voz alta. —Elena, necesito que entiendas algo con total claridad —dijo finalmente, inclinándose ligeramente hacia adelante —Ahora que eres mi futura esposa, muchos querrán destruirte. No solo Bruno, aunque él sin duda encabezará esa lista durante un tiempo. También habrá socios de la empresa que verán en ti una amenaza a sus propios intereses, familiares lejanos que codician la herencia que ahora deberá compartirse con tu hijo, y probablemente periodistas dispuestos a inventar cualquier historia con tal de vender un escándalo jugoso sobre la familia Moretti. Elena sintió que un frío nuevo le recorría el cuerpo ante aquella advertencia, tan directa, tan desprovista de cualquier intento de suavizar la realidad que estaba a punto de enfrentar. —¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó, con la voz algo temblorosa —¿No hubiera sido más fácil dejarme creer que todo sería sencillo a partir de la boda? —Porque te prometí que jamás te mentiría, Elena —respondió Dante, con una convicción que no dejaba lugar a dudas —Y mentirte por omisión sería tan grave como mentirte directamente. Prefiero que entres a este matrimonio con los ojos completamente abiertos, sabiendo exactamente a qué te enfrentas, antes que dejarte descubrir la verdad a base de golpes que yo pude haberte evitado con solo ser honesto contigo desde el principio. Elena lo miró largamente, sintiendo que aquella honestidad brutal, lejos de asustarla, le infundía una extraña sensación de seguridad que no había sentido en meses. —Entonces dime la verdad completa, Dante —pidió, sosteniéndole la mirada sin titubear —¿Qué tan peligroso será realmente Bruno para nosotros? Dante guardó silencio un largo momento, como sopesando cuidadosamente cada palabra antes de pronunciarla, y cuando finalmente habló, su voz sonó más grave y seria de lo que Elena la había escuchado hasta entonces. —Mi sobrino acaba de perder en una sola tarde su matrimonio, su reputación, y gran parte de la confianza que yo depositaba en él —dijo —Un hombre así, Elena, acorralado y humillado, es exactamente el tipo de hombre capaz de cometer los errores más peligrosos. No subestimes jamás lo que Bruno sea capaz de hacer para recuperar todo lo que siente que ha perdido injustamente por tu culpa.






