Capítulo 20: El pasado de Dante

Después de aquella noche de confidencias compartidas en la penumbra de su habitación, Elena no pudo evitar que la curiosidad sobre el pasado de Dante creciera dentro de ella, alimentada no por desconfianza, sino por un deseo genuino de comprender completamente al hombre con quien compartía ahora su vida. Decidió, casi sin planearlo del todo, comenzar a indagar discretamente, empezando por la persona que llevaba más años trabajando en la mansión.

—Graciela, ¿usted conoció bien a Isabella? —preguntó Elena una mañana, mientras ayudaba a doblar la ropa de bebé recién comprada en la habitación que pronto se convertiría en el cuarto del pequeño.

Graciela se detuvo un momento, con una prenda diminuta todavía entre las manos, y Elena notó una sombra de cautela cruzar su expresión habitualmente abierta.

—La conocí, señora, sí —respondió finalmente, aunque con una reticencia notable —Trabajaba aquí desde antes de que ella se casara con el señor Dante.

—¿Cómo era ella realmente? —insistió Elena, con suavidad —Dante me contó lo del accidente hace unas noches, pero siento que hay más detrás de esa historia de lo que él mismo alcanza a ver.

Graciela dejó la prenda sobre la cuna a medio armar, y por un momento pareció debatirse internamente sobre cuánto estaba dispuesta a revelar.

—Señora, no me corresponde a mí hablar de cosas que el señor Dante prefiere mantener en privado —dijo finalmente, con cautela —Pero le diré algo: la versión que circula en la familia sobre aquella noche nunca terminó de convencerme del todo.

—¿A qué se refiere? —preguntó Elena, sintiendo que el corazón le latía con más fuerza ante aquella insinuación.

—Isabella no era una mujer que condujera sola de noche cuando estaba molesta, señora —explicó Graciela, bajando todavía más la voz, como si temiera que alguien más pudiera escucharla — Todo lo contrario. Cuando discutía con el señor Dante, prefería quedarse en su habitación, o incluso venir a la cocina a conversar conmigo mientras se calmaba. Jamás la vi salir a conducir sola en toda su relación con el señor, ni siquiera durante sus peores discusiones.

Elena sintió que un escalofrío le recorría la espalda ante aquella revelación.

—Entonces, ¿por qué salió esa noche en particular? —preguntó, casi para sí misma.

—Eso, señora, es algo que ni siquiera yo sé con certeza —admitió Graciela —Lo único que puedo decirle es que, la tarde antes del accidente, Isabella recibió una llamada telefónica que la dejó visiblemente alterada. Yo estaba cerca cuando terminó la llamada, y la vi llorando en el jardín, completamente sola.

—¿Sabe de quién era esa llamada? —preguntó Elena, con una intensidad creciente.

Graciela negó con la cabeza, aunque su expresión sugería que quizás tenía alguna sospecha que prefería no compartir directamente.

—No lo sé con certeza, señora, y no me gustaría especular sobre algo tan delicado —respondió, con una firmeza que dejaba claro que aquel tema quedaba, por ahora, cerrado.

Aquella conversación dejó a Elena con una inquietud persistente que la acompañó durante los días siguientes. Decidió, finalmente, buscar información por su cuenta, recurriendo a los archivos digitales de los periódicos de la época, encerrada en la biblioteca de la mansión durante las horas en que Dante permanecía ocupado en la empresa.

Encontró, tras una búsqueda paciente, varias notas periodísticas breves sobre el accidente, publicadas ocho años atrás, todas coincidiendo en los detalles básicos: Isabella Moretti había fallecido en un accidente automovilístico durante una tormenta, conduciendo sola por una carretera secundaria alejada de la ciudad. Sin embargo, un detalle en particular llamó poderosamente su atención, la carretera donde había ocurrido el accidente se encontraba en dirección completamente opuesta a la mansión familiar, hacia una zona residencial exclusiva donde, según recordaba vagamente Elena de conversaciones anteriores con Dante, vivía en aquella época uno de los socios más cercanos de la familia Moretti.

Con el corazón latiéndole con fuerza, Elena decidió investigar quién había sido dueño de aquella propiedad hacia la que se dirigía Isabella la noche de su muerte. Tras una búsqueda adicional en registros públicos, encontró un nombre que la dejó completamente helada: Fernando Duarte, un antiguo socio comercial de Dante que, según los archivos que pudo consultar, había cortado toda relación con la familia Moretti apenas unos meses después del accidente, sin ninguna explicación pública.

Esa noche, durante la cena, Elena decidió que no podía seguir guardando silencio sobre lo que había descubierto, aunque sabía perfectamente que se adentraba en un territorio extremadamente delicado.

—Dante, necesito preguntarte algo, y quiero que sepas que no busco lastimarte con esto —dijo, con cautela, observando la reacción de su esposo—¿Hacia dónde se dirigía Isabella la noche del accidente?

Dante se quedó completamente inmóvil, con el tenedor suspendido a medio camino hacia su plato, y Elena pudo notar cómo el color abandonaba lentamente su rostro.

—¿Por qué preguntas eso? —dijo finalmente, con una voz que había perdido por completo su calma habitual.

—Estuve investigando un poco, Dante, y descubrí que la carretera donde ocurrió el accidente conducía hacia la propiedad de un tal Fernando Duarte —confesó Elena, decidiendo que la honestidad, aunque dolorosa, era la única opción que respetaba verdaderamente las reglas que ambos habían acordado —¿Sabes por qué se dirigía hacia allá esa noche?

Dante dejó el tenedor sobre la mesa con un gesto que denotaba un control extremo sobre sí mismo, como si necesitara concentrarse deliberadamente para mantener la compostura.

—Fernando Duarte era mi mejor amigo en aquella época —dijo finalmente, con una voz baja y tensa—. Después de la muerte de Isabella, corté toda relación con él, y jamás volví a hablarle ni a mencionarlo delante de nadie.

—¿Por qué, Dante? —preguntó Elena, sintiendo que se acercaba a algo mucho más doloroso de lo que había anticipado al iniciar aquella conversación.

Dante guardó silencio un largo momento, con la mirada fija en algún punto indefinido de la mesa, hasta que finalmente habló, con una voz cargada de un dolor que Elena jamás le había escuchado, ni siquiera la noche en que le contó por primera vez sobre el accidente.

—Porque descubrí, meses después de su muerte, revisando su teléfono, que Isabella mantenía una relación con él —confesó Dante, con la voz quebrada por primera vez desde que Elena lo conocía —La llamada que recibió aquella tarde, la que la dejó tan alterada según me contó Graciela hace tiempo, fue de Fernando, exigiéndole que tomara una decisión definitiva entre él y yo. Isabella iba hacia su casa esa noche, probablemente para terminar con él, o quizás para decirme la verdad a mí primero. Nunca lo sabré con certeza, porque el accidente ocurrió antes de que pudiera averiguarlo.

Elena sintió que el corazón se le encogía ante aquella revelación, comprendiendo finalmente la magnitud completa del dolor que Dante había cargado en silencio durante ocho años: no solo la pérdida de su esposa, sino también la traición descubierta después de su muerte, sin ninguna posibilidad de resolución, de explicación, ni siquiera de un enfrentamiento final que le permitiera procesar completamente aquel engaño.

—Dante, lo siento tanto —susurró Elena, sintiendo que las palabras resultaban completamente insuficientes ante la profundidad de aquel dolor.

—Durante años me pregunté si mi propia negligencia como esposo la empujó hacia los brazos de otro hombre —confesó Dante, con una vulnerabilidad que dejaba completamente expuesta la fachada fría que normalmente proyectaba —Y después, cuando descubrí lo de Fernando, no pude evitar preguntarme si ella murió sintiéndose atrapada entre dos hombres, sin encontrar jamás una salida honesta hacia ninguno de los dos.

Elena se levantó de su asiento, rodeando la mesa hasta llegar junto a Dante, colocando una mano suave sobre su hombro en un gesto que trascendía completamente cualquier límite formal que ambos hubieran acordado meses atrás.

—Tú no tuviste la culpa de sus decisiones, Dante —dijo, con una firmeza cargada de una compasión genuina—. Ella eligió mantener esa relación en secreto, ella eligió no ser honesta contigo. Eso jamás fue responsabilidad tuya, sin importar cuánto tiempo hayas cargado con esa culpa.

Dante alzó la vista hacia ella, con los ojos brillantes de una emoción contenida que finalmente parecía encontrar, después de ocho años de silencio absoluto, un espacio seguro donde poder liberarse completamente.

—Gracias, Elena —dijo, con una voz apenas audible —Gracias por ayudarme a entender finalmente algo que llevaba demasiado tiempo cargando completamente solo.

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