Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena despertó de golpe, con el corazón latiéndole con violencia y la respiración entrecortada, todavía atrapada en los últimos fragmentos de la pesadilla que la había perseguido durante horas, Bruno arrancándole al bebé de los brazos, la voz de Sofía riendo cruelmente desde algún rincón oscuro, y ella misma corriendo por pasillos interminables sin lograr encontrar la salida.
Se llevó ambas manos al vientre, comprobando con alivio que todo seguía en orden, aunque las lágrimas ya corrían libremente por sus mejillas, producto de una angustia que no lograba disipar por completo a pesar de saber que solo había sido un sueño. Encendió la lámpara de su mesa de noche y se sentó en el borde de la cama, intentando calmar su respiración, pero el llanto que había comenzado como algo silencioso pronto se transformó en sollozos que no logró contener, acumulados quizás de semanas enteras de tensión que finalmente encontraban una vía de escape en la vulnerabilidad de la madrugada. No supo cuánto tiempo llevaba llorando cuando escuchó la puerta de su habitación abrirse con suavidad. —Elena —la voz de Dante sonó preocupada, encontrándola sentada en la oscuridad parcial de la habitación, con el rostro bañado en lágrimas — Escuché ruido desde el pasillo. ¿Qué sucede? —No es nada, Dante, de verdad —intentó Elena, secándose apresuradamente las mejillas, avergonzada de que la hubiera encontrado en un estado tan vulnerable —Solo fue una pesadilla tonta. Pero Dante no se marchó como ella esperaba. En cambio, entró completamente en la habitación, sentándose con cuidado en el borde de la cama, a una distancia respetuosa pero lo suficientemente cerca como para que Elena sintiera su presencia como algo genuinamente reconfortante. —Las pesadillas nunca son tontas, Elena —dijo, con una voz mucho más suave de la que ella le había escuchado hasta entonces —¿Quieres contarme qué soñaste? Elena dudó un momento, pero algo en la mirada de Dante, desprovista por completo de su habitual frialdad calculadora, la animó a hablar con una sinceridad que no había compartido con nadie desde el inicio de aquella pesadilla que era su vida en los últimos meses. —Soñé que Bruno me quitaba al bebé —confesó, con la voz todavía temblorosa —Y que nadie me ayudaba, que estaba completamente sola, corriendo sin encontrar ninguna salida. Dante guardó silencio un momento, y Elena notó que su mandíbula se tensaba ligeramente ante la mención de Bruno, aunque cuando volvió a hablar, su voz conservó una calma deliberada, pensada evidentemente para tranquilizarla. —Eso jamás va a suceder, Elena —dijo, con una convicción absoluta —Bruno no tiene ningún poder legal sobre ese bebé, y aunque lo tuviera, jamás permitiría que se acercara lo suficiente como para hacerte daño a ti o a tu hijo. —Lo sé, racionalmente lo sé —admitió Elena, con una risa amarga entremezclada con las lágrimas que todavía no cesaban del todo —Pero las pesadillas no funcionan con lógica, Dante. Simplemente aparecen, y durante esos minutos, se sienten completamente reales. —Entiendo eso mejor de lo que imaginas —dijo Dante, con una voz que se había vuelto notablemente más baja, casi como si hablara consigo mismo en lugar de con ella. Elena lo observó con atención, notando un cambio sutil en su expresión, una vulnerabilidad que Dante rara vez permitía que nadie viera. —¿Tú también tienes pesadillas? —preguntó, con cuidado, consciente de que se adentraba en un territorio que él normalmente mantenía cerrado. Dante permaneció en silencio un largo momento, como sopesando cuánto estaba dispuesto a compartir con ella. —Durante años, después de la muerte de Isabella, soñaba constantemente con el accidente —confesó finalmente, con una voz que Elena jamás le había escuchado, desprovista por completo de la coraza fría que solía protegerlo —Aunque yo ni siquiera estaba presente cuando sucedió, mi mente insistía en recrear una y otra vez el momento exacto en que perdí el control del auto, aun sabiendo que en realidad fue ella quien conducía esa noche. Elena sintió que el corazón se le encogía ante aquella confesión inesperada. —Dante, no tienes que hablar de esto si no quieres —dijo, aunque en el fondo sentía una necesidad genuina de escucharlo, de comprender finalmente al hombre detrás de aquella máscara de frialdad calculadora que él proyectaba tan cuidadosamente ante el mundo. —Quiero hacerlo, Elena —respondió él, sorprendiéndola con aquella admisión —Llevo ocho años sin hablar realmente de esto con nadie. Mi familia prefiere fingir que Isabella nunca existió, que aquel capítulo de mi vida jamás sucedió. Y yo, sinceramente, preferí construir esa misma fachada durante todo este tiempo, convenciéndome de que el silencio era más sencillo que enfrentar el dolor directamente. —¿Qué pasó exactamente aquella noche? —preguntó Elena, con voz suave, sin presionar, pero genuinamente interesada en conocer la verdad completa detrás de aquellos rumores que la habían perseguido semanas atrás. —Isabella y yo habíamos discutido esa tarde —comenzó Dante, con la mirada perdida en algún punto indefinido de la habitación, como si reviviera aquellos recuerdos mientras hablaba — Una discusión tonta, sin importancia real, sobre algo que ya ni siquiera recuerdo con claridad. Ella decidió salir a conducir sola para despejarse, algo que solía hacer con frecuencia cuando se sentía frustrada. Perdió el control del vehículo en una curva, durante una tormenta particularmente fuerte esa noche. Murió en el acto. —Dante, lo siento tanto —susurró Elena, sintiendo que las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos, esta vez no por su propia pesadilla, sino por el dolor evidente que todavía cargaba aquel hombre después de tantos años. —Durante meses me culpé por aquella discusión —continuó Dante, con la voz cargada de una emoción contenida que Elena nunca antes había presenciado en él —Pensé que si no hubiéramos discutido esa tarde, ella jamás habría salido sola, jamás habría estado conduciendo bajo esa tormenta. Los rumores que circularon después, sugiriendo que yo tuve algo que ver directamente con su muerte, solo lograron intensificar esa culpa irracional que ya cargaba por mi cuenta. —Pero tú no tuviste la culpa de nada, Dante —dijo Elena, con firmeza, sintiendo una necesidad genuina de aliviar aquel peso que él evidentemente había cargado en silencio durante tantos años —Una discusión no provoca un accidente automovilístico. Eso fue simplemente una tragedia, nada más. Dante la miró fijamente, con una expresión que combinaba sorpresa y una gratitud silenciosa que resultaba mucho más elocuente que cualquier palabra que pudiera haber pronunciado. —Es la primera vez que alguien me dice eso con tanta convicción —admitió, con una media sonrisa triste —La mayoría de las personas prefieren simplemente evitar el tema por completo, como si mencionarlo pudiera resultar indecoroso de alguna manera. —Yo no soy la mayoría de las personas, Dante —respondió Elena, con una calidez genuina que sorprendió incluso a ella misma —Y creo que, después de esta noche, entiendo mucho mejor por qué construiste esa fachada tan fría a tu alrededor durante todos estos años. Dante guardó silencio, observándola con una intensidad que hizo que Elena sintiera un vuelco extraño en el estómago, muy distinto a cualquier sensación que hubiera experimentado hasta entonces junto a él. —Gracias por escucharme, Elena —dijo finalmente, con una sinceridad que dejaba absolutamente claro que aquellas palabras nacían de un lugar mucho más profundo que la simple cortesía —Hacía mucho tiempo que no me sentía tan comprendido por alguien. —Gracias a ti por confiar en mí lo suficiente como para contármelo —respondió Elena, sintiendo que, en aquella habitación iluminada apenas por la lámpara de noche, algo fundamental había cambiado irreversiblemente entre ambos, algo que trascendía por completo cualquier cláusula contractual que hubieran firmado semanas atrás. Dante permaneció junto a ella hasta que Elena finalmente logró conciliar el sueño nuevamente, esta vez sin pesadillas que la persiguieran, reconfortada por una presencia que, poco a poco, comenzaba a sentir como algo mucho más significativo de lo que ninguno de los dos, quizás, estaba todavía preparado para admitir abiertamente.






