El aire estaba cargado de una tensión que parecía arañar las paredes de la modesta sala de Kyra. Se puso de pie, con los brazos cruzados, frente a Dante, cuya presencia se sentía como una sombra no deseada que se extendía sobre el piso de madera. Sus ojos, antes llenos de comprensión, ahora brillaban con una desesperación que ella ya no podía consolar.
—Kyra, por favor —imploró Dante, su voz era una mezcla de grava y seda. —Tenemos que hablar…
—Nada ha cambiado, Dante. No quiero esto... sea lo